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Mi vecino de café

Me cuenta que la revolución vuelve a estar de moda. Y la vez que esto me dice tiene por costumbre saludarme con el puño en alto. He ahí el problema.

Diego Martínez
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Aunque les parezca una utopía, no lo es. Hoy día sí existen cafés, como aquellos de entre los años veinte y treinta del siglo pasado, donde uno se encuentra con gentes interesantes con las que se puede hablar de todo. Incluso, su ambiente diferencial se convierte en un complemento más de la acogedora estética del local. Placentero, parece un ser vivo que hace de anfitrión e invita a la conversación o, cuando menos, al saludo -algo perdido desde hace tiempo por el dichoso consumismo y el modismo-.

En uno de estos locales -cuando cruzo su vieja puerta me recuerda al legendario dirigente ‘Irmandiño’ Alfonso de Lanzós- suelo parar todos los días a tomar el café mañanero y, también, el de la tarde. Dicen que las personas se comportan como los animales, y uno no es una excepción. Por eso, mi hora del café me la marcan las vetustas campanas de la iglesia de Santiago, templo en el que fue bautizado Francisco de Aguiar y Seijas y Ulloa, que llegó a ser arzobispo de México rector de la Universidad de Santiago. Dentro del histórico local suelo ser un escuchante de lo que allí se dice, pero también un opinante más. Es lógico. Y complicado, cuando se dicen las verdades -a los que hablan de oído o que se creen ilustrados; de los que hay muchos-.

Me cuenta mi vecino de café que la revolución vuelve a estar de moda. Y de un tiempo a esta parte, a la vez que esto me dice, tiene por costumbre saludarme con el puño en alto. He ahí el problema. En tiempos, la revolución era algo serio. No podía trivializarse, no degradarse en mera moda. Lo que uno menos se esperaba era que la revolución iba a dejar de existir por culpa de la moda y de los pijos -unos son hijos de papá y otros, porque la naturaleza los hizo así-. No porque las fuerzas reaccionarias -palabreja de la que habría mucho que discutir- se opusieran enérgicamente a su realización, sino de modo menos épico, por su mera transformación en una ola mediática y cínica a la vez. Es decir, revolucionarios de pacotilla. Como los de las alpargatas que, totalmente desaliñados en lo personal, reciben a embajadores extranjeros como Frank de la Jungla a su cámara.

Todos los días, mi vecino de café abre venerablemente el diario capitalino y, como él hace con lo del puño, yo le pregunto si es el periódico de la aldea. Ambos nos entendemos. Y vemos, con ingenua alarma que quienes se han tomado la revolución en serio son sus estólidos palmeros, que les dedican elogios en unos espectáculos mediáticos casposo, sin gracia y, si me permiten, de macarras baratos. Como los machos alfa de la nueva revolución -por cierto, de estos también se ven por el viejo café; son aquellos a los que antaño llamábamos "los sandalios" y que hasta hace muy poco eran fervientes de las costumbres patrias-.

Pero es cierto. Es un espectáculo rompedor, porque de eso se trata. De intentar, como sea y por el método que sea, descomponer el sistema con mensajes, no ambiguos, sino de mamarrachos provocadores. Son simples efebos que así se comportan en la Gran Casa de todos, como okupas, que es lo que son. Y todo gracias a esa perversa plutocracia que hasta allí los llevó y acomodó, y ahora se acobarda. Esta es la verdadera revolución que me cuenta mi vecino de café. Y yo, a él. Lo de la "trama", son solo cosas de los "sandalios".

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