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Descubrimiento de la Televitina

En los Laboratorios de Biología Molecular de la Universidad de Princeton bajo la dirección del eminente Toxicólogo, Profesor Harold Newmann, se ha conseguido, por fin, aislar una molécula de televitina. 

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Bajo este nombre se ocultaría, según la nota de prensa hecha pública por dicha Universidad, un alcaloide sumamente activo segregado por una hormona del cerebro cuando el individuo se encuentra en presencia de los rayos catódicos emitidos por ese popular electrodoméstico.

La televitina, de ahí su nombre, sería la responsable de la adicción a la televisión, de donde toma su nombre. En exceso, este alcaloide ralentiza el riego sanguíneo del cerebro, produce una más que notable disminución de las actividades intelectivas del individuo, anulando completamente su capacidad de crítica y de autocrítica.

El cuadro clínico presentado por el enfermo afectado de intoxicación por televitina se reduce a: Disminución rápida del pulso cardíaco; laxitud de los músculos faciales; abultamiento del labio inferior y descolgamiento del maxilar correspondiente, todo ello acompañado de una intensa e incontinente secreción salivar; aparición del síntoma denominado "visión de vaca" que dificulta notablemente la visión para cualquier otro objeto que se encuentre fuera del campo visual de la televisión,

Aunque la intoxicación por televitina es todavía bastante difícil de curar, el equipo de Toxicologia de la mencionada Universidad de Princeton recomienda tratar al enfermo con dosis espaciadas de Libronol en cápsulas, y Lecturicina inyectables.

La Lecturicina es una sustancia que se deposita en las estanterías de las bibliotecas. El Libronol se ha descubierto en los márgenes de las hojas de los libros, siendo asimilado de forma natural por el impenitente lector que lo toma inconscientemente al mojarse el dedo para pasar las páginas en sus frecuentes lecturas.

Los efectos terapéuticos del Libronol para el tratamiento de la intoxicación por televitina se descubrieron al observar que los amantes de la lectura mostraban una repulsa casi visceral hacia la televisión, cuya exposición no soportan arriba de cinco o diez minutos, todo ello con un libro fuertemente apretado entre sus manos, sin cuyo antídoto ni la soportan ni siquiera estando desenchufada.