
Los padres tienen la responsabilidad de ofrecer ejemplos positivos con su comportamiento, ya que los hijos aprenden más de lo que observan que de lo que se les dice. La manera en que los adultos manejan sus propias emociones y la forma en que se comunican con respeto y empatía, son modelos que sus hijos replicarán en su propia vida.
En definitiva, ser padres en el siglo XXI implica no solo cuidar el desarrollo físico y académico de los hijos, sino también su salud emocional.
Para lograrlo, es necesario que estos ofrezcan un amor firme pero comprensivo, capaz de establecer reglas y límites claros que ayuden a los menores a desarrollar resiliencia, confianza y una comprensión profunda de sí mismos y del mundo que les rodea.
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