Todo era extraño, no me lo explicaba, no sabía por qué mi corazón se había dispuesto a atacarme desde dentro, no lo comprendía ¿Por qué se rebelaba? ¿Por qué si no estaba ocupado? No lo entendía.
Pasaban los días y la sensación de inestabilidad iba en aumento ¿Por qué me dolía tu sonrisa, por qué me herían tus miradas furtivas, por qué no podía respirar si te veía tan callado, pensativo, observador?
Mi cuerpo languidecía cuando estábamos cerca y tras tus ojos sólo distinguía ternura
¿Iba dirigida hacia mí? Mi mente se llenaba de preguntas. Una y otra vez, miradas y más miradas, sonrisas... me desconcertaba. Hasta que sin más me propuse escuchar las voces que provenían de mi interior. Me decían que tenía que ver más allá de lo evidente; y lo hice.
Pero desapareciste. Y te echaba de menos. Me daba nostalgia mirar a todos los lados y no verte en ninguno. ¡Qué sentimientos más extraños despertaste en mí! Y cuando desistí e iba a marcharme derrotada por la verdad: nos encontramos, estuvimos frente a frente suspendidos en el tiempo. Y aunque no aproveché suficientemente el milagro brindado, me sentí esperanzada, volví a creer en el destino, en la magia del amor, en el futuro venidero, pero no sabía que era la última oportunidad que tenía para expresar lo más íntimo y sincero de mis pensamientos.
Y me frustré; me frustré porque podría haberte dado mucho, podría haberte hecho feliz, podríamos haber sido una mujer y un hombre enamorados viviendo una verdadera y hermosa historia de amor. Ése es mi castigo por haberte dejado marchar, por pretender alcanzarte después, por creer que algún día seríamos más que desconocidos que de vez en cuando, se encontraban y se miraban.
Altea
