Muchas se parecen, muchas discurren sin pena ni gloria, como si siguieran un guión y todo estuviese previamente decidido, algunas giran en círculos, otras no tienen rumbo.
Hay veces en que de pronto, un día cualquiera, dos historias hasta entonces normales se cruzan y de ese cruce surge otra historia. Generalmente estas son historias llenas de complicaciones y dificultades. Pero ¿no están todas las historias que merecen la pena ser contadas atravesadas por alguna dificultad? ¿Y no es eso precisamente lo que las hace tan hermosas? ¿La dificultad de verse realizadas? ¿Las pruebas a las que se ven sometidos sus protagonistas y el esfuerzo que ello conlleva?
Y después de superadas esas dificultades ¿No son los finales mil veces mejor? ¿No los esperamos con más ilusión? ¿No resultan inmensamente más valiosos? ¿No son además esas complicaciones las que nos mantienen leyendo, las que nos dejan clavados delante de una pantalla o escuchando al amigo que nos las confía? ¿No están las novelas y películas de aventuras llenas de complicaciones y de embrollos? ¿No es el coraje de sus protagonistas para vencer todas esas dificultades lo que marca la diferencia? Es el valor que el hace posible, lo que parecía imposible, lo que casi no nos atrevíamos a imaginar pero que en realidad no podíamos dejar de imaginarnos.
Sólo hay que observar como los niños escuchan embelesados los cuentos que les leen sus padres antes de dormir. Historias llenas de mil vicisitudes, donde todo parece imposible: que una muchacha pobre y harapienta se case con un príncipe, que por medio de un beso un sapito se convierta en un apuesto joven, que dos hermanos escapen de las garras de una bruja malvada. ¿Y no exigen esos niños, no sólo volver a escuchar esos mismos cuentos cada noche, sino además que sus padres no omitan ninguno de esos complicados detalles? ¡Y pobres de ellos como se atrevan a saltarse una sola de esas partes! Y qué razón tienen los niños, porque saben que esas complicaciones son la historia misma.¡Cuántas historias habrían dejado de contarse, de escribirse si no fuera por esas complicaciones!(Érase una vez una muchacha que se llamaba Cenicienta. Un día conoció a un príncipe en la plaza de su pueblo. A él le pareció una chica muy simpática. Como era un buen momento para conocerse y en el reino no había crisis a los dos años y ocho meses más o menos, decidieron casarse y colorín colorado) ¿Qué niño en su sano juicio querría escuchar el final antes de haber pasado por todas y cada una de esas asombrosas y maravillosas dificultades? ¿Qué interés tendría entonces la historia?
Es la nuestra una historia complicada. Mucho mejor. Porque el mundo es de los valientes, de los que no se rinden ante las dificultades, de los que no pierden la ilusión, ni las ganas, de los que le ponen valor a la vida. ¿No es el mejor momento para conocernos? No me dices tantas veces: siempre el vaso medio lleno! Pues ahora digo yo y por qué no lleno del todo: Porque nos hemos conocido, va a ser el mejor momento. ¡Valor!
