Antonio Rico, criado en una familia de tradición militar y con vocación de servicio, cumplió su sueño de convertirse primero en guardia civil y después en policía local en Torrevieja, la ciudad donde pasó los veranos de su infancia. Su incorporación al cuerpo estuvo marcada por la ilusión de trabajar en su lugar ideal, pero pronto empezó a detectar irregularidades en el funcionamiento de la comisaría, incluidas multas que desaparecían y prácticas ilegales toleradas por parte de sus superiores.
Al decidir no mirar hacia otro lado, se convirtió en objetivo de una campaña de acoso dentro del propio cuerpo policial. Durante años sufrió aislamiento, hostigamiento y consecuencias personales y psicológicas, pese a contar con algunas sentencias favorables que reconocían el daño sufrido. Le hicieron la vida imposible sin dejarle siquiera la posibilidad de huir. Aunque la justicia acabó dándole la razón e indemnizándole, su carrera quedó profundamente marcada. La historia refleja el alto coste personal de denunciar la corrupción incluso dentro de instituciones encargadas de combatirla.
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