Todo son prisas y ruidos de escáneres, instrumental, respiradores, electrocardiogramas, electroencefalogramas, médicos que le llaman por su nombre y le hablan con cariño, hijas desesperadas que no le quieren dejar marchar. Pero él, está decidido a irse. Es el final y sus hijas están a su lado.
Se quiere despedir de ellas pero no quiere que sufran porque él está viviendo uno de los momentos más felices de su vida, el final. ¿Lo podrán entender algún día? Le gustaría que lo supieran.
Hoy he llegado a África, estoy en Botsuana, no sé por qué me he dejado convencer para hacer este viaje. Mis hijas creen que ya no tengo ilusión por nada pero se equivocan, tengo una ilusión enorme por reunirme contigo. Lo que pasa es que no se lo voy a decir porque pensarán que estoy loco, que tengo demencia senil. Yo dejo que crean lo que quieran porque sé que al final volveré contigo.
Cuando íbamos en los jeeps por el desierto te he visto. Tú te has quedado mirándome y me has sonreído y como cuando era un niño, el corazón me ha dado un vuelco. Ibas andando rodeada de niños que te tiraban de la chaqueta y tú, con ese porte tan elegante que siempre has tenido, les has cogido de la mano y has salido corriendo, y entre la bruma del desierto has desaparecido en el horizonte.
Parece que se estabiliza pero está agonizando. No se pueden hacer ilusiones.
Me he quedado dormido con el traqueteo del coche, mis hijas van haciendo fotos. Yo en mis sueños oigo el chasquido de sus cámaras que me sirven de arrullo. Ahora voy andando por un sendero estrecho, hace mucho calor y para mí que soy castellano viejo es difícil de soportar, pero sé que merece la pena el esfuerzo.
Me he parado delante de la valla de alambre porque he oído tu voz. Al pararme, te has vuelto hacia mí, me has sonreído de nuevo y me has hecho un gesto con la mano para que espere. Hacia tanto que no te veía que casi se me había olvidado lo guapa que eres. Parece que por ti no pasan los años. Estás bajando por el terraplén y mis ojos se llenan de lágrimas. No soy tan viejo, tengo 68 años pero a tu lado me siento como un anciano.
Me has llamado mi amor, que es como siempre me llamabas cuando éramos jóvenes. Te he pedido que me dejes entrar pero tú me dices que no tienes la llave de la verja. Yo quiero saltar la valla pero tú te ríes, me dices que no sea impaciente. Yo protesto. Llevo mucho tiempo sin poder tocarte y ahora te tengo tan cerca que puedo volver a sentir tu aliento en mi cuello.
Ha entrado en parada cardiorespiratoria. Sus hijas le llaman.
Te fuiste, te fuiste para que esos niños no estuvieran solos. Tenías que cuidar de ellos y yo lo entendí, pero yo también te necesitaba. No es un reproche, te lo repito, pero quiero que lo sepas. Ya sé que lo sabes, pero no soy tan fuerte como tú te crees. Me he tenido que hacer el fuerte porque no quería que mis hijas me vieran sufrir, pero no ha habido ni un sólo día de mi vida que no haya pensando en ti. Además, no me escribiste ni una carta, ni intentabas ponerte en contacto conmigo. Muchas veces deseaba morirte para olvidarte, y otras, deseaba vivir eternamente para no olvidarte. Ahora que te estoy diciendo esto me duele el corazón. Sí, me da un pinchazo que casi me deja sin respiración.
Cuando te fuiste sin decírmelo quedé sumido en un profundo dolor del que creo que no he conseguido salir hasta el otro día en que te volví a encontrar. Esperé por ver si volvías, pero cuando comprendí que era inútil me casé, sí, me casé con aquella chica de la que tú tenías tantos celos. Era buena persona, pero yo nunca estuve enamorado de ella porque sólo te amé a ti. Tuve dos hijas maravillosas pero no pude hacer feliz a mi mujer y al final, después de mucho aguante, se fue de casa una mañana soleada y no volvió. Me dejó a las niñas y tuve que hacerme cargo de todo. No, no me volví a casar, ni me divorcié, ni nada. Ella se llevó lo que era suyo y no volví a verla.
Al entrar, el médico se da cuenta de que es el final. Sus hijas están fuera, sale y les pide que entren para despedirse.
Tenía ganas de contarte de cómo me enteré de tu marcha. Luis y Pablo vinieron a mi casa y le dijeron a mi madre que me lo dijera con cuidado, pero que tú, mi novia, mi amor, mi única compañera, mi alegría, mi tristeza, mi devoción, mi musa y mi razón de vivir te habías marchado y que no tenías intención de volver. No llores, ya no me importa porque te he encontrado.
Pide, pide la llave. Ábreme la verja, no te vayas por favor, no te vuelvas a ir. Has vuelto con la llave, has cruzado el arrollo, has abierto la verja, se me ha pasado el pinchazo en el corazón, me has dado la mano, está fría, me has besado, te he abrazado. He mirado atrás, he visto el autobús escolar que volcó hace 30 años y que junto con esos niños te arrancó de mi lado. Por fin estoy contigo.
Lo siento señoritas, su padre acaba de fallecer. Su gesto, a pesar de todo, es de inmensa felicidad.
Montse
