Tengo tanto que decirte... Ante todo quiero darte las gracias por todo lo que hiciste por mí, aunque desgraciadamente sólo pudiste hacerlo durante un tiempo demasiado corto. Un día te llamó Dios a su lado, a pesar de haberle pedido miles de veces que cuando llegara el día nos llevara a las dos. Ya entonces no podía soportar la idea de perderte.
Recuerdo todas y cada una de las cosas que aprendí de ti. Me enseñaste a coser, a tejer, a cocinar... Aún conservo el cuaderno de recetas que fui escribiendo en la cocina mientras tú me revelabas todos tus trucos, sin guardar ninguno para ti. Entre ellas está la receta de las pastas que solíais hacer mamá y tú cuando hacíais la matanza y que un día te pedí que me firmaras. Recuerdo que solías dejar unos pañuelos para que yo los planchara, después de haber planchado tú todo lo demás. No entiendo por qué la gente se queja de la plancha; a mi me gusta desde entonces. Recuerdo también cuando te agarraba por la cintura y te invitaba a bailar conmigo en la cocina. Tú me pedías que parara, pero sé que te gustaba, se veía en tu cara. Gracias por cada una de las veces que pusiste el despertador para acompañarme en mis horas tempranas de estudio. Gracias por todo eso y por mucho más.
Muchas veces te dije que me gustaba tu nombre "Adelaida" y tú me dabas tu permiso para usarlo, pero no, eres mi abuela y así voy a llamarte siempre. Tú no te preocupes, el día que yo también emprenda el viaje final, te buscaré donde estés, aunque, para que sea más fácil encontrarte, voy a tener que ser tan buena como tú. Hasta entonces.
Tu nieta
María-Dolores Campos
