
Hay momentos en los que la cabeza no para. Vuelve una y otra vez al mismo tema: un error, una conversación, una decisión, algo que se dijo o que no se dijo. Se analiza, se revisa, se intenta entender mejor… pero lejos de aliviar, el malestar aumenta.
A eso se le suele llamar cavilación obsesiva o rumiación, y no tiene que ver con pensar mucho por gusto, ni tampoco con ser (o no) una persona reflexiva.
La cavilación obsesiva se relaciona más con quedarse atrapado en un bucle mental que no conduce a una solución concreta y que va acompañado de cansancio, tensión y desgaste emocional. Muchas personas intentan salir de ese bucle pensando todavía más: leyendo, analizando, buscando explicaciones. Y, sin embargo, la sensación interna no cambia. La cabeza puede entender lo que ocurre, pero el cuerpo sigue en alerta.
Desde la psicología se sabe que este tipo de procesos no se abordan sólo desde el pensamiento. No se trata únicamente de cambiar ideas o de razonar de otra manera, sino de comprender cómo interactúan la mente y el cuerpo, cómo se mantiene la activación interna y qué necesita el sistema nervioso, a nivel conductual también, para poder bajar el nivel de alarma.
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