Los hechos son tozudos. La izquierda radical llegó al poder vendiendo de todo, y una vez que lo ha ocupado, se desangra entre memeces y propuestas que solo gente sin preparación puede plantear. De esto saben mucho en Ferrol, cuyo alcalde, para su bien, ya lo dijo: no soy un gestor, soy un activista político. Pues eso es lo que tienen que aguantar los demás inquilinos del palacio de la Plaza de Armas. A alguno de los cuales, acusa de utilizar métodos calabreses, sicilianos o compararlos con narcos.
Uno de los aspectos más desconocidos de nuestros políticos es su elevado nivel educativo. Generalmente, se suelen citar casos ciertos de ministros sin estudios, miembros de ejecutivas que no han pasado por las aulas o parlamentarios que nunca terminaron la universidad y se presentan como licenciados. Estos casos oscurecen dos hechos incontrovertibles y poco conocidos en nuestro país. Primero, tenemos una élite política con credenciales educativas de primer orden. Segundo, el nivel educativo de nuestros representantes ha ido creciendo desde el comienzo de la democracia. Claro que hay excepciones.
Los hay que son cerrados de mollera, que son incapaces de aprender, al menos educación. Esto le pasa al alcalde de Ferrol. Puede que el regidor tenga razón en algo: que no es ningún delincuente, como le dicen sus exsocios de gobierno a los que él "cariñosamente" calificó de mafiosos. El problema de Jorge Suárez es otro: su falta de formación y educación lo inhabilitan para regentar la ciudad naval. Pero, para castigo de sus conciudadanos, hace lo que más le gusta: activismo político. Algo es algo.
