Ahora que estamos en plena precampaña de las autonómicas del 25-S, elecciones en la que tenemos que elegir a nuestros representantes, no recuerdo una autocrítica tan clara, exhaustiva y contundente como la expresada en su día por el líder del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo, respecto a los diputados que formaban parte del Parlamento en la legislatura finiquitada: "Lo que necesita la Cámara gallega no es cantidad sino calidad", afirmaba el jefe de filas de los populares.
Supongo que era la primera vez que Feijóo hacía una autocrítica de semejante calado. Porque la principal premisa para mejorar esa calidad, evidentemente, está en los propios partidos que son los que colocan a los que luego figuran en las listas y que, al final, se convierten en nuestros representantes en esa denostada Cámara que tanto irritaba al presidente, ahora en funciones.
De la situación denunciada todos son culpables, incluido el propio Feijóo. Porque todos los partidos, ante la pasividad de la ciudadanía, han creado una cultura en la que han convertido a los mediocres en los alumnos más populares de sus escuelas, los primeros en ser ascendidos en su trabajo de partido, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan. Así los han graduado en las famosas escuelas de verano de sus partidos.
Porque, quiérase o no, el problema de la baja calidad de nuestros representantes lo han creado ellos, los partidos y sus dirigentes.
Quizás ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis, lejos de los números macroeconómicos que nos cuentan, es por estos políticos de baja calidad que tenemos. La autocrítica está bien. Pero, vistas las listas de los partidos, ni el que la hizo ni los demás han contribuido a regenerar esa baja calidad política.