Los indicadores están ahí. Y por mucha autocomplacencia que el presiente del Gobierno muestre, la realidad no se puede alterar. Lo mismo habría que decir de otros agentes, que interpretan y nos presentan los datos como ellos quieren. Y lo peor de todo es que no dicen la verdad al colectivo que en teoría representan.
Verán. En lo que nos toca más de cerca, no hay duda que los efectos de la crisis están siendo todavía demoledores para Galicia. Los recortes aplicados por las administraciones públicas en los servicios esenciales laminaron no solo la percepción de bienestar, sino incluso de las personas en cuanto al derecho a que sean cubiertas sus necesidades básicas relativas a sanidad, educación, justicia y prestaciones sociales. Y, por mucho que se quiera maquillar, es así.
La contención del gasto aplicado en los últimos años, la reducción del número de empleados públicos, la merma de las plantillas en las empresas y la caída general de las ayudas e inversiones agrava las carencias del sistema, doblemente penalizado ahora por la fuga de dinero público y un nivel de corrupción política nunca imaginado.
La ciudadanía en su conjunto es la pagana de esta crisis provocada por ciertos poderes financieros y una clase de dirigentes incompetentes. El desafecto creciente de los ciudadanos hacia los políticos debería de ser suficiente revulsivo para que relegasen el partidismo y fueran capaces de lograr un consenso que regenerase el sistema. Es la mínima concesión que debe hacer una sociedad huérfana de un proyecto común, esperanzador, equitativo y solidario.
Los mecanismos en que se sustenta el sistema democrático del que disfrutamos hace casi cuatro décadas dan alarmantes señales de desgaste. Pero si inicialmente los partidos aparecieron como los grandes protagonistas del desastre, otros agentes clave no les han ido a la zaga.
Los sindicatos -y las organizaciones empresariales- están también en el punto de mira. Las centrales que deberían centrarse en la defensa de los trabajadores, y en especial de los que más padecen la crisis, se han visto envueltos en una larga lista de escándalos. Por eso, los sindicatos no pueden ser ajenos al clamor de regeneración que recorre el país. Necesitan reinventarse tanto como los partidos si no quieren que los trabajadores les den definitivamente la espalda. Hecho que se va observando en cada celebración del 1 de mayo y, sobre todo, en la caída de la afiliación y la desafección hacia sus cúpulas. Los sindicatos son necesarios, pero deben renovarse o reinventarse.
