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La violencia de las izquierdas contra las izquierdas en la Segunda República y la Guerra Civil

Durante el siglo XX más del 95% de la violencia política tiene origen en la izquierda: contra la oposición, los católicos o sus propios camaradas. 

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En este capítulo de Desmemoria Histórica Pedro Fernández Barbadillo y Miguel Platón repasan la violencia ejercida por las izquierdas durante la Segunda República y la Guerra Civil. ¿Las víctimas de esa furia? La derecha, la oposición política, los católicos o sus propios compañeros, todo un clásico, las purgas internas: otros comunistas, anarquistas, sindicalistas, socialistas… Por ejemplo, en 1936, los caballeristas, partidarios de Francisco Largo Caballero, estuvieron a punto de matar a su camarada del PSOE Indalecio Prieto

Durante todo el siglo XX más del 95% de la violencia política tiene origen en la izquierda. Nos cuenta Fernández Barbadillo, “en poco más de un cuarto de siglo matan a tres Presidentes de Gobierno: en 1897 a Antonio Cánovas del Castillo, en 1912 a José Canalejas y en 1921 a Eduardo Dato”. 

Como dice Platón: “El recurso a la violencia nació al mismo tiempo que el proyecto republicano”. En el Alzamiento de Jaca, diciembre de 1930, el capitán Fermín Galán difundió el siguiente bando: 

“Todo aquel que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la república naciente, será fusilado sin formación de causa”.

Desde abril de 1931, cuando se proclama la República, hasta julio de 1936, cuando empieza la guerra, murieron entre “dos mil seiscientas y tres mil seiscientas personas”, casi la mitad en la llamada “Revolución de Asturias” de 1934, un golpe sindical y socialista organizado para reventar el único gobierno de derechas de este periodo político. 

En la Segunda República hubo 61 izquierdistas muertos a manos de otros izquierdistas, pistoleros de los sindicatos UGT y CNT. ¿Cuántos derechistas murieron a manos de otros otros derechistas? Ninguno.

Madrid, 1936. Cuentan las crónicas que se acumulaban los cadáveres en las calles

Durante la Guerra Civil, comenta Platón, “en el bando nacional también se cometieron decenas de crímenes que quedaron impunes pero, dicho esto, la crueldad en el bando republicano fue muy superior: torturas, quemados vivos por centenares, violaciones, llegaron a abrir el vientre de mujeres embarazadas de siete y ochos meses. Es Brutal”. Muy conocido es el asesinato del fundador del POUM Andreu Nin, desollado. Cita otro caso, el de Cortes de la Frontera, un pueblo de Andalucía. “Al comienzo de la guerra cayó en zona republicana. Cuando se aproximaban las fuerzas de Queipo de Llano decidieron que iban a prender fuego a la prisión con todos los presos dentro”. Y efectivamente, lo hicieron. “Cuando intentaban escapar por las ventanas les disparaban". Mientras se quemaba la cárcel, lo estuvieron “celebrando con vino y música en una zona elevada desde donde se veía el espectáculo". Al día siguiente, a los supervivientes les llevaron al cementerio y a cuatro de ellos los crucificaron y a otros los rociaron con gasolina y les ejecutaron de mala manera".

Y en cuanto a los asesinatos masivos de inocentes, en la retaguardia de la guerra, ningún episodio es comparable a las matanzas en Paracuellos del Jarama y en otros municipios de las afueras de Madrid. Las famosas sacas del otoño de 1936. Se calcula que en las siete fosas del Cementerio de Los Mártires de Paracuellos hay enterradas entre cinco y ocho mil personas, “víctimas de las hordas marxistas”, dice una de las lápidas.

Además, es complicado rastrear muchos de estos crímenes porque durante la Segunda República se censuraban continuamente los medios de comunicación. La Ley de Defensa de la República de 1931 impedía la “difusión de noticias que puedan quebrantar el crédito o perturbar la paz o el orden público”. Por ejemplo, se prohibió informar sobre la sesión de Cortes en la que se trató el asesinato del líder de la oposición José Calvo Sotelo. El Estado de Guerra, Alarma o de Excepción fue declarado más de una docena de veces. 

Por principios, a decenas de miles de españoles les llegó el final. Denunciar y condenar todo tipo de violencia es un deber moral. Sin embargo, para buena parte de la izquierda actual sigue siendo un sentimiento atávico, la justificación de la aniquilación del otro, una herencia pegajosa cuyo rédito electoral creen que sigue compensando.

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