...siendo la cara de nácar la que iluminó nuestras noches de templanza, cuando en la primavera de la vida te encontré y beber quise tu néctar, siendo la luminosa luna de estío la que bajo mi inquieto corazón de trovador de ayer, testigo fue de nuestra fiel entrega, y aquel árbol frondoso de grandes hojas verdes, tornose estremecido, cuando en su viejo talle pudimos bien grabar nuestros afectos, quedando en su rugosa cintura, tallados para siempre.
¿Lo recuerdas mi querida Rosa Azul?
Al paso de los años aún recuerdo del beso que me diste, ruborosa, del ardor que sentí bajo aquel árbol, y del miedo a perder tu fina esencia, que quedose impregnada en nuestras almas, aquella tibia noche de luces adornada.
Te marchaste al sentir que una semilla, que, juntos consentimos regalarnos, podría germinar, sin admitirlo, aquel árbol celoso de un amor, nacido en un verano junto al cielo.
Mas una noche de oscura soledad bajo su piel, el agua de la lluvia, revoltosa, borró de la cintura de aquel árbol, el nombre de los dos que bien grabamos en una noche eterna de generosa entrega, quedando nuestro amor colgado para siempre en el árbol hermoso del olvido.
Mi querida Rosa Azul, te sigo recordando y esperando...
¡Deseo te llegue esta carta cuanto antes y puedas volver a mí..., porque te sigo queriendo!
Tu eterno amor.
Pilar Mateo García
