Hoy escribes tú

Sol en un día de lluvia

En la sala de mamografías seguramente hacía calor, sin embargo yo sentía frío, un frío que me hacía arrebujarme en la leve bata clínica que me cubría. 

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Era algo parecido a un desvalimiento interior que se traducía en escalofríos. Cualquier mujer que haya pasado por esa situación lo entenderá perfectamente.

Sentada en el taburete, esperaba a que la enfermera llevara mi tercera placa al doctor que debía analizarla en la sala contigua.

Por mi mente, sin que yo pudiera evitarlo, pasaban con rapidez imágenes de mi familia, proyectos, planes inmediatos... a los que sin querer ahora los ponía un signo de interrogación.

Mi revisión periódica había comenzado en aquella mañana gris y lluviosa de noviembre con la rutina normal de otras veces: analítica, luego radiografías, por fin las mamografías.

He de reconocer que esta parte, la última, es la que más me inquieta, la que me mantiene en vilo hasta que revelan la placa, la revisa el radiólogo y la enfermera me dice que todo es normal y que puedo marcharme.

Pero esta vez no ocurrió así, la enfermera pronunció la frase que yo siempre había temido: "hay que repetirla". Sentí un vacío en el estómago. Al parecer el doctor no tenía clara la imagen de una zona concreta y quería asegurarse. Hasta en dos ocasiones más consideró necesario repetirla.

Y ahora estaba yo allí, esperando, con esa sensación de desamparo, consciente de que alguien podía entrar por esa puerta que tenía enfrente y cambiar mi vida.

Cuando tras la angustiosa espera, el médico por fin entró y sonriente me tranquilizó, me invadió una inmensa sensación de alivio, una especie de agradecida felicidad. Y mientras me vestía para irme, me pareció que aquella mañana lluviosa del mes de noviembre, el sol había salido solo para mí en una pequeña sala de radiología.

Maribel Egido