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Nada

No era ni demasiado tarde ni demasiado pronto cuando Bín se aproximó al límite del Universo. Definitivamente, aquel lugar le gustaba. 

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Era un sitio tranquilo, aislado, nunca había visto a nadie allí. Miró hacia la fría e inmensa Nada que se extendía más allá del Borde y, como siempre hacía, se aproximó muy despacio a ella y susurrando dulces palabras que acompañaban una lenta y suave caricia, cogió con delicadeza un poco de aquella negra espesura en sus manos. Aquel tacto aterciopelado y fresco le resultaba reconfortante después del largo viaje. También como siempre hacía, dejó deslizar la Nada entre sus manos vertiéndola en el borde del Universo y contempló como se integraba en él. Luego, comprobó que sus manos poseían todos los dedos.

Recordaba con detalle el momento en el que su curiosidad lo hizo aproximarse demasiado al Borde del Universo y se cayó dentro de la Nada. Inmovilizado por la opresión del vacío, Bín había notado perfectamente como la Nada lo rodeaba indignada y amenazaba con desintegrarlo, sin escucharlo, se metía en su mente cotilleando sus recuerdos y sus pensamientos antes de decidirse a vaciarlo de ellos. A Bín le hizo falta toda su persuasión para calmar moderadamente a la Nada y convencerla de que su presencia en el vacío era accidental. La Nada sorprendida ante su desparpajo, lo rodeaba con su frialdad sin acercarse demasiado para no congelarlo.

Sin embargo, no recordaba ni por qué ni cómo la Nada lo había liberado y le había permitido agarrarse al Borde del Universo y trepar de nuevo hasta la malla del espacio-tiempo, pero sospechaba que ese pequeño incidente de su caída, más que molestar, había aportado una nota de distracción a la monótona y solitaria existencia de la Nada.

Cuando situado de nuevo en la seguridad del Cosmos contemplaba otra vez la poderosa y terrible negrura de la Nada rodeándolo todo, el sorprendido Bín se sintió afortunado, así que nuevamente pidió disculpas a la Nada, le dio las gracias, se despidió, cogió su sombrero e inició el regreso a casa. Bín El Caminante, no recordaba que momentos antes, dentro de la inmensidad de aquella Nada tan llena de vacío y tan carente de Todo, él se había comprometido a compensar su benevolencia de otra manera.

Así que, cada cierto tiempo, cuando la Nada susurraba una llamada que sólo Bín El Caminante podía oir, Bín cogía su sombrero y emprendía el viaje hacia el Borde del Universo, se acercaba al límite y allí murmuraba dulces palabras y acariciaba con agradecimiento, casi con ternura, un pequeño espacio de Nada sintiendo en aquella solitaria negrura una suave y fresca presión contra la calidez de su mano, luego tras el breve contacto con discreción, Bin contaba sus dedos y con calma emprendía el regreso a casa.

Montse Varela Simó

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