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Ladrones en casa

Firmé el examen, lo entregué, salí a la calle. El aire olía a vacaciones. 

Mientras esperaba al autobús, compré el periódico para saber lo último de aquella banda de ladrones que, desde hacía tres meses, traía de cabeza a la policía.

Llegué a casa. Estaba vacía como yo esperaba. El día antes, cuando hablé con mi madre y me dijo que estaban pensando en volver, por poco me da un soponcio. Mis padres llevaban 2 meses en Barcelona, ayudando a mi hermana con mi sobrino recién nacido. "Quedaos un poco más." –le dije- "Yo no os necesito. Tranquila." Estuve a punto de gritarle -"¡Por amor de Dios, no vengáis!" Yo tenía pensado inaugurar la temporada de verano con una gran fiesta y de momento quería descansar.

El sábado hice realidad una de mis fantasías: desayunar en el jardín junto a la piscina. Café, tostadas, mantequilla, mermelada, zumo de naranjas... leyendo el periódico. En la portada en letras muy grandes: "¡Otra vez!" junto a la fotografía de una casa totalmente vacía. Aquellos ladrones sabían perfectamente qué casas estaban vacías y sin levantar la más mínima sospecha, las vaciaban completamente.

El resto del día tomé el sol. Por la tarde oí en la radio el partido de futbol, ganó mi equipo y me fui a la cama tan contenta. Aún no me había dormido cuando alguien encendió la luz del pasillo. Por la pequeña rendija que hay debajo de mi puerta pude ver las sombras de gente que iba y venía por el pasillo. ¿Ladrones? Sin duda habían investigado la casa y sabían que estaba vacía desde hacía tiempo. Nadie les podía haber avisado de mi llegada.

Miré a mi alrededor desesperada, pero sabía que nada podía hacer. El teléfono fijo estaba en el dormitorio de mis padres y mi móvil descansaba tranquilamente en la tumbona, donde lo había dejado olvidado. Por la ventana no podía salir: la verja que mi madre había puesto para que no entraran en casa, iba a impedir a su hijita del alma, escapar de aquellos hombres. Con la oreja pegada a la puerta, escuché cómo sus pasos se alejaban en dirección a la cocina.

Era mi oportunidad. Salí de mi cuarto muy despacito. Sin hacer el más mínimo ruido entré en el cuarto de mis padres. Ya había marcado el número de la policía cuando escuche ruidos que se acercaban. Me metí debajo de la cama, sin pensar que el teléfono seguía descolgado. Cerré los ojos, como si eso sirviera para que ellos no me vieran. Entraron primero en mi habitación, después en el cuarto de invitados y por último, el picaporte empezó a girar.

"Pero ¿Dónde está la niña?" –preguntó mi madre.

Mª Azucena Onecha

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