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La sobremesa

Habíamos llegado a León la tarde anterior. Dedicamos toda la mañana a visitar la zona monumental: el Hostal de San Marcos, San Isidoro, la Catedral... Después de la visita nos sentamos en un pequeño mesón. Distraídos, mirábamos por el gran ventanal la gente que pasaba. 

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Era una tarde fría de noviembre, el cielo estaba despejado, limpio, sereno. De pronto algo captó nuestra atención. Iban llegando a la plaza pequeños grupos, de dos en dos, de tres en tres, se sentaban en los bancos públicos, y lo más extraño, de espaldas a la catedral. Eran gente de cierta edad, algunos acompañados por otros más jóvenes. Los despedían con un ligero saludo. Parecía una cita concertada de antemano, se saludaban unos a otros, de banco a banco, se sonreían con miradas de complicidad. ¿Cuál sería la causa?

Salimos al exterior del mesón. Nuestra intriga pronto tuvo su respuesta. En la fachada de un edificio, los rayos del sol que empezaban a descender, iluminaron de pronto un balcón. La puerta se abrió y unas manos colocaron con mimo dos jaulas junto a la barandilla. En una había un loro, en la otra una cotorra. Animados por la luz de la tarde, comenzaron su actuación. Tímidamente empezaron a sonar los trinos, los gorjeos, contestándose el uno al otro, acelerando su ritmo.

Los vecinos no quitaban ojo, y pronto se sumaron también a este coro improvisado. Como si tuvieran bien definidas las normas, sólo participaban cuando las aves callaban. Silbaba un señor con boina, y el loro graznaba con desaprobación. La cotorra contraatacaba con unos agudos que habrían competido con cualquier diva de ópera. En seguida una oronda señora con un abrigo azul se sumaba con sus silbidos, con profesionalidad. Y le contestaban los pájaros con maestría. Y así se dedicaron unos y otros, aves y gente, a un espectáculo al que asistía toda la plaza, con asombro y admiración.

Poco a poco la tarde avanzaba, el sol se ocultó tras la catedral, y las sombras cayeron en el balcón. Se abrió la ventana de nuevo, y la mano anónima retiró las ya silenciosas jaulas. Los bancos se fueron quedando vacíos, los jóvenes recogieron a los mayores, y la plaza de la catedral quedó vacía, muda, tras una sobremesa inolvidable.

Susana Fontán Oñate 

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