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Querido Florencio
El día señalado había llegado para él. Florencio, nuestro contable, aquel increíble mago de los números, se jubilaba tras más de cuarenta años en la empresa. El cielo se mostraba gris, quizá queriendo acompañarnos con tan apropiado color para el estado de ánimo general que reinaba en la oficina.
En su último día de trabajo, Florencio siguió su rutina habitual. Llegó puntual como siempre y fue a tomar café con su compañero de despacho desde hacía más de treinta años. Aquel día la conversación entre ambos fue forzada, las débiles palabras intentaban hacerse un hueco entre los numerosos y poderosos silencios.Tras el café, y pese a sus intentos por tratar de acabar temas abiertos, un desfile inagotable de empleados comenzó a invadir su despacho para despedirse de él. Yo observaba la escena desde la distancia, sin atreverme a unirme a semejante multitud.
Habían pasado más de veinticinco años desde aquel día en que Florencio entró a formar parte de la historia de mi vida. Había estado presente en los momentos más importantes de la misma, buenos y malos: me vio llorar en mi boda al pronunciar el sí quiero, fue uno de los primeros en felicitarme por el nacimiento de mi hijo, me consoló cuando a mi madre la detectaron aquella enfermedad de nombre maldito... no me hacía a la idea de que al día siguiente ya no estaría allí, en su sitio, rodeado de papeles y con su sonrisa amable y contagiosa habitual.
Aquel día no pude despedirme de él como me hubiera gustado. Quería decirle y agradecerle tantas cosas, contarle que era una de las mejores personas que había conocido y que la oficina se iba a quedar huérfana sin su presencia. Sin embargo la emoción sólo me permitió fundirme en un abrazo con él y pronunciar entre lágrimas un simple: "Te voy a echar de menos".
Ha pasado más de un año desde aquel día y no he vuelto a verle. Querido Florencio, siempre me decías que te gustaban mis relatos. Ojalá hoy estés escuchando a Luis.
Araceli Monje
Ella
Ella, no podía dejar de mirarla. Ella parecía que no me hacía caso, que estaba muy distante, a años luz de mí aunque solo nos separaban unos barrotes. Yo continuaba callado intentado llamar su atención, pero sin éxito. Ya creía que no tenía nada que hacer, estaba a punto de irme pero de repente me atrapó con sus enormes ojos azules y con su cara de ángel. Paralizado no supe cómo reaccionar. Entonces ella rompió el hielo y un pincel divino dibujó una sonrisa perfecta, sincera... dejando entrever sus dos dientecitos. Me quedé un rato más viendo como se dormía y le dije – Buenas noches, hija.